martes, 27 de diciembre de 2011

Del arrepentimiento.

El día en que la pequeña Lidia murió, el padre Max fue absolutamente incapaz de asimilarlo. En su mente debía saltar un resorte, un mecanismo de defensa, debía producirse una reacción química que le hiciera reaccionar, tenía que segregar una hormona, algo, lo que fuera, desde lo más recóndito de su mente debían saltar unos muelles con la respuesta correcta y tranquilizadora que le haría seguir con su vida y entender que de algún modo, la muerte de aquella niña respondía a un plan divino que era digno de ser aceptado. Pero aquella vez no ocurrió nada en su cabeza, y aunque creía no haber comprendido muchas cosas del mundo, aquella vez fue la primera en que realmente nada tenía sentido.
No era porque se tratara de una niña, ya había administrado la extremaunción a más de uno cuando trabajaba en el hospital, les había cogido de la mano, había acariciado esas extremidades delicadas y sorprendentemente pequeñas, había rozado sus cabezas con todo el cariño que se le puede profesar a un desconocido, pero era su deber, su cometido, él estaba en aquel lugar del mundo porque aquellos entes etéreos que todavía no habían comenzado a vivir, debían volver a dónde venían, había consolado a madres, padres y hermanos e incluso en algún caso había tenido que pronunciar algún cliché para tranquilizar a un familiar al borde de un ataque de rabia. De hecho, les había visto morir de todas las edades, géneros y razas. Todo aquél trabajo le parecía funcional, él tenía un papel en una muestra de la verdad divina, como podría haber desempeñado cualquier otro papel fundamental en la maquinaria de la salvación.
Lo que le sucedía al padre Max no era posible de describir, y el simple hecho de pensar en ponerlo en palabras le parecía una banalidad. Pero, hasta aquél día, su mundo había sido un mundo cerrado, con una dirección concreta, como una página de un formulario, con sus márgenes, sus casillas, sus respuestas correctas en cada casilla, su título y su pie de página. Así que necesitaba un discurso, pero no le llegaba.
Tampoco podía ser porque no tuviera con qué consolarse, miraba la imagen de la virgen, que en otras épocas de su vida le habían parecido una auténtica mirada de Dios, como si la respuesta a todas las preguntas formulables se redujeran a una sensación de calidez maternal, pero no veía más que un trozo de madera pintado. Rápidamente recordó todo aquello a lo que recurría cuando pensaba en la muerte, todos los modos en que desde su lugar, el de aquél al que recurren las almas desesperadas debía conducir los pensamientos. Uno a uno, los discursos le parecieron caducos, por más que lo pensara, era como si un cirujano recurriera a libros de anatomía de primaria para realizar una operación complicada. Se sintió claramente incomprendido, los doctos, los entendidos, los teólogos jamás habían perdido a Lidia, y no tenían derecho a decirle qué debía pensar de su muerte.
Su sobrina había caído a través de un tragaluz, así, ni más ni menos, diez palabras que parecían ser la señal de algo pero que no eran nada. Ni decirlo mil veces haría que fueran más o menos ciertas. Retuvo la imagen de Lidia cayendo, pensó en la ventana cediendo, en el postigo que debía haber aguantado aquellos escasos veinte quilos, nada tenía sentido. Excepto quizás, revivir la sensación de estar cayendo constantemente, aquello podía vincularle por última vez con ella.
Y ahora tenía que enterrarla, tenía que hablar delante de toda la familia, ejercer su función, hacer su trabajo, y no quería. Aquello sí tenía sentido, simplemente no quería. Cerró los ojos y trató de poner la mente en blanco, oía los murmullos de la gente, los sollozos de alguien, seguramente de su hermana, y en una parte de su cerebro ya no cabía la diferencia entre estar sentado en los bancos y estar detrás del altar. O fuera en la calle, o en el otro extremo del globo, ya nada tenía sentido.
Solo que no iba a salir allí fuera a decir nada, ni a conjurar a nadie, ni a hacer ver que lo hacía por respeto a que los demás creyeran que así era, no iba a decir ni a hacer nada por ella.
Cayó sobre él una ironía terrible, se arrepintió de haberle explicado todo lo que creía saber de Dios, de haberla encaminado hacia algo que, solo después de morir ella, podría no ser.
Nadie se dio cuenta de que había salido de la sacristía porque ni siquiera se había vestido para el oficio, nadie se puso en pie cuando bajó las escaleras que iban al altar. Nadie le vio y él no vio a nadie, solo fue directamente por el pasillo, hacia la puerta principal, lo atravesó sin prisa. Ya estaban entrando el ataúd, le murmuró un “lo siento”, recreándose en la ficción de que aquél cuerpo frío y frágil que imaginaba, todavía podía contener el alma de su sobrina, y de una forma más inverosímil todavía, que podía oírle. Pasó de largo y salió a la calle.

1 comentario:

  1. Me gusta mucho cómo está descrita la profunda crisis interior que está sufriendo este hombre. A veces parecemos olvidarnos de que los curas y monjas no son más que personas, y como tales tienen derecho a cuestionar las cosas, a rebelarse, a gritar con rabia... Muy intenso, me ha gustado :)

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